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Sobrevivientes de los Andes
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Nov 09, 2009 11:39:AM


El viernes 13 de octubre de 1972 un avión uruguayo, que llevaba 45 pasajeros a Chile, se estrelló en la Cordillera de los Andes. Doce murieron a causa de la caída y los sobrevivientes tuvieron que soportar 72 días de aislamiento, una temperatura de 30 grados bajo cero, hambre y el horror de comer carne humana para sobrevivir.


viven Avion
Foto del lugar del desastre,
donde se divisan algunos sobrevivientes

El 12 de octubre el avión Fairchild Fokker F27 perteneciente a la Fuerza Aérea Uruguaya partió del Aeropuerto Internacional de Carrasco transportando al equipo de rugby del club Old Christians (Viejos Cristianos) de Montevideo, que se dirigía a jugar un partido contra el Old Boys de Santiago de Chile. Se desarrollaba en ese momento un frente de inestabilidad en todo el sector cordillerano central.

El mal tiempo les obligó a detenerse en el aeropuerto El Plumerillo, en la ciudad de Mendoza, Argentina, donde pasaron la noche. Al día siguiente, el frente persistía, pero debido a la premura del viaje y hechas las consultas pertinentes, se esperó sólo hasta la tarde, cuando amainaron levemente las condiciones de tormenta.

El vuelo continuó por la tarde del 13 de octubre con destino a Santiago de Chile.


Debido a un fatal Error de navegación del navegante, el avión se desvió de su ruta casi 100 km, y fué a internarse a la cordillera de los Andes, donde golpeó los picos con las alas y las perdió junto con la cola del avión, quedando en vuelo únicamente su fuselaje, a manera de proyectil. Éste, aún con velocidad, golpeó tangencialmente el terreno nevado y resbaló por una amplia ladera nevada y empinada de más de 4 km de largo hasta detenerse en un banco de nieve.


Algunos pasajeros fueron despedidos de sus asientos y murieron de inmediato,los pasajeros que quedaron dentro del fuselaje fueron comprimidos en sus asientos hacia la parte frontal de éste, que se elevó hasta casi tocar el techo. Muchos pasajeros sufrieron traumatismo encefalo-craneano (TEC), lo que provocó su muerte, mientras que otros quedaron atrapados en sus asientos sin posibilidad de zafarse. Para el resto, el golpe fue amortiguado. Increíblemente, algunos pasajeros resultaron ilesos o con tan sólo heridas leves. Hubo otros pasajeros con heridas internas graves que fallecieron en horas posteriores. De inmediato, Marcelo Pérez, el capitán del equipo de rugby, organizó a los ilesos para ayudar a liberar a los que seguían atrapados y a los heridos, despejando el fuselaje para prepararse para la noche. Uno de los sobrevivientes salió por atrás del fuselaje y a tientas entre la nieve y el fuselaje se acercó al piloto agonizante y Lagurara solicitó agua, a lo que el sobreviviente le acercó nieve a la boca.

Entonces, empezó a decir: " -Anota, estamos en Curicó, anota...-" Entonces, Lagurara le pidió tomar el revolver de la cabina y que le disparara. Cosa que no ocurrió.

El piloto Julio Ferradas murió víctima de un TEC y el copiloto Dante Lagurara murió tras agonizar toda la noche, al amanecer del día siguiente.


De las 45 personas en el avión, doce murieron en el accidente o poco después (entre ellos miembros de la tripulación); otros cinco habían fallecido a la mañana siguiente, y el octavo día, murió un pasajero de sexo femenino, de nombre Susana Parrado debido a sus lesiones. Muchos de los fallecidos quedaron comprimidos entre asientos o atrapados por ellos mismos.

Los 27 restantes hicieron frente a las duras condiciones ambientales (-25 a -42 °C) de supervivencia en las montañas congeladas, aún en plena época de nevadas, en medio de la primavera austral. Durante varios días las partidas de rescate intentaron localizar los restos del avión sin éxito. Incluso algunos aviones estuvieron cerca del lugar, pero muy alto.

Muchos de los supervivientes habían sufrido diversas lesiones cortantes o moretones y carecían de calzado y ropa adecuada para el frío y la nieve. Se organizaron para resistir las duras condiciones imperantes.


Sobrevivientes de los Andes


A pesar de las condiciones y el grado de debilidad y aletargamiento, los sobrevivientes liderados por Roberto Canessa, quien propuso soluciones para todo, fabricó además elementos y utensilios ingeniosos tales como alambiques, guantes (con los forros de los asientos del avión, que se desprendían con facilidad), botas (con los cojines de los mismos) para evitar hundirse en la nieve al querer trasladarse, y anteojos (con el plástico tintado) para resistir el frío y el encandilamiento de la nieve.

La mayoría de los supervivientes dormían con un par de pantalones, tres o cuatro suéteres, tres pares de calcetines, y algunos se tapaban la cabeza con una camisa para conservar el aliento. Para evitar la hipotermia, en las noches más frías, se daban masajes para reactivar la circulación e intentaban mantener la temperatura corporal en contacto entre si. Algunos preferían dormir descalzos para evitar pegar a alguien con sus zapatos.


La búsqueda se suspendió ocho días después del accidente. En el undécimo día en la montaña los supervivientes escucharon por una radio de pilas, con consternación que se había abandonado la búsqueda.

La noche del 29 de octubre, a 16 días ya de la caída, una nueva tragedia se cernió sobre el resto del avión y los muchachos, en la noche a eso de las 23:00 una avalancha se deslizó y sepultó los restos del Fairchild FH-227D, ingresando por la parte posterior, arrasando el muro provisional y sepultando a quienes dormían en su interior, salvo a un joven, Roy Harley, quien desesperadamente comenzó a cavar en busca de los que yacían bajo la nieve. Pese a los desesperados intentos de rescate por sus compañeros, ocho personas murieron ahogadas bajo la nieve, incluyendo al capitán del equipo Marcelo Pérez y al último pasajero de sexo femenino, Liliana Navarro de Methol. No obstante, el enterramiento del fuselaje permitió al resto de los sobrevivientes no morir congelados más adelante.

A mediados de noviembre, fallecieron dos chicos más (Arturo Nogueira y Numa Turcatti) a causa de la infección de sus heridas.

Los supervivientes disponían apenas de alimentos. A pesar de que durante los días posteriores al accidente racionaron la comida de que disponían, pronto se mostró insuficiente. En el lugar donde se habían estrellado no había vegetación ni animales de los que pudieran alimentarse, el terreno era suelo desnudo de nieves perpetuas.

El grupo pudo sobrevivir durante 72 días y no morir por inanición gracias a la decisión grupal de alimentarse de la carne de sus compañeros muertos (práctica denominada antropofagia), quienes estaban enterrados en las afueras. No fue una decisión fácil de tomar, y en un principio algunos rechazaron hacerlo, si bien pronto se demostró que era la única esperanza de sobrevivir, muchas consideraciones pasaron por el tema religioso cristiano. Pronto se impuso la regla (o exigencia) de no utilizar como alimento a ningún familiar cercano, ni tampoco a algún fallecido de sexo femenino, como el caso de las dos mujeres Parrado.


Para comienzos de diciembre de 1972, el deshielo dejó al descubierto el fuselaje nuevamente y los sobrevivientes pudieron disfrutar de días soleados, bañados con los cálidos rayos del sol. Los supervivientes finalmente vieron que su única esperanza consistía en ir a buscar ayuda. El 12 de diciembre de 1972, Fernando Parrado, Roberto Canessa y Antonio Vizintín parten en busca de ayuda. El tercer día de marcha, Antonio resbala y se crea una lesión, por lo que deciden enviarlo de vuelta. También le pidieron dejara su ración de carne, ya que el trayecto sería más largo de lo calculado.

Diez días y habiendo caminado unos 55 km aprox. después de partir de los restos del fuselaje llegan a la precordillera curicana del sector de Los Maitenes. De haber caminado hacía el lado argentino, habrían tenido que hacer más de 100 km para encontrar un poblado, sin duda habrían perecido.


Parrado y Canedo
Fernando Parrado y Roberto
Canessa junto al arriero Sergio
Catalán que los descubrió, después
de diez terribles días de caminata


Recorren un río para vadearlo por casi día y medio y no pueden lograrlo por la crecida del deshielo. Canessa comienza a sentirse enfermo, por lo que Nando debe llevar las dos mochilas. La carne que llevaban consigo comenzó a descomponerse rápidamente debido al aumento significativo de la temperatura de la precordillera. Al amanecer del día siguiente, ven en la otra orilla a un arriero chileno que los observa. Logran hacerle llegar un mensaje escrito donde dicen ser sobrevivientes de un avión siniestrado.

El arriero quien entiende el mensaje, les lanza un poco de pan y se dirige al retén de Puente Negro.En aquel día del 22 de diciembre incrédulos la noticia de que habían aparecido sobrevivientes del avión uruguayo extraviado hace más de dos meses en la cordillera.



Se habían realizado por parte de la Fuerza Area Chilena, hasta suspenderse la búsqueda, 66 misiones sin resultados.

Tras ser rescatados la totalidad por helicópteros son trasladados a Santiago para ser atendidos por médicos. Los rostros de los sobrevivientes muestran las penurias padecidas y un color amarillo-rosado extraño, con la piel pegada a los huesos. A pesar de las dudas iniciales, los sobrevivientes pronto reconocen y justifican que han debido recurrir al canibalismo para poder sobrevivir.
Los supervivientes se vieron obligados a dar una conferencia de prensa para hablar del asunto. Agradecieron profundamente la comprensión de familiares de los fallecidos, quienes los apoyaron en todo momento: "Ellos (los familiares) dijeron que menos mal que había 45 para que podamos tener 16 hijos de vuelta. Nos quieren como hijos. Supongo que en su yo más íntimo cuando nos ven piensan por qué sobrevivimos nosotros y no sus hijos. Es un sentimiento humano lógico".


 

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